Un recuerdo de nuestra vida

Este es un trabajo en vuestro honor, paisanos. Intentaré deciros cómo era Santo Tomé en el tiempo de vuestros abuelos.

Soy de los pocos que puedan recordarlo. Un pueblo aislado, sin un puente sobre el río Guadalquivir, pero que contaba con la barca del Tuerto, el Pavico, más abajo del vado de la Teja, adonde íbamos por agua para beber y lavarnos un poco algunas veces.

Subíamos andando hasta Villacarrillo, junto al valijero Miguelete, hasta Cazorla junto a Domingárez, el guarda, que iba y venía en el día hasta Jaén como propio, con el recado de Paquito Jiménez, el alcalde permanente.

Para entrar en la Plaza, dejábamos a la izquierda la casa de Talancón, con su hijo Lucas, que tenía la virtud de hipnotizar a las culebras. A la derecha, el Duende, que nos proporcionaba la luz, la mala luz, cuando la riada no se había llevado las turbinas.

Tiempos de penuria y de maravilla; Lucas hipnotizando las culebras; la Pasma, que sabía tu vida: “Vendrás a tu pueblo, Andrés, y nadie te conocerá”, me dijo. Isabelica que anunciaba la hora de la muerte y vestía los cadáveres, Campoy, el Negro, que te crujía las anginas, Rodrigo Morote, el maestro de cagarraches de la almazara de Pepica Torres; que subastaba, a la puja la llana el antonino del San Antón, Fernando, el quinto hijo del Moreno la Lupe, que curaba el mal de madre de las mozas, con imposición de manos; el maestro Fonta, al que la rana le cantaba en el estómago.

¿Podría ser todo aquello cierto? En aquel ambiente nos criamos.

El Tuerto Morote, que junto con Tía Pepa, la mujer de Tío José Miguel Rodríguez, el estanquero, eran los protectores de animales. El primero, con la morcilla malagueña, y la segunda con las tijeras de podar las parras, cortando a trozos el rabo de su gato Angor: “Es que me los quitan todos”, se justificaba, la pobre.

La vida fue así, entonces, y así la narramos. Muchas cosas tal vez os parezcan raras, incluso imposibles. La vida, desde la Guerra, ha variado como en mil años. Sin duda, más que nada en el aspecto que llamaríamos misterioso. Hoy, hay más supersticiones y en general, menos creencias. ¡Alabado sea el Señor, nuestro Dios!, dirán los cristianos.

Nuestros apodos son como una delicia recordada. Si os detenéis un poco, en los motes, observaréis que, a veces, se comen el nombre y son como apellidos; que muchos se repiten en varias manzanas; el Colganda, el Porrín, la Pava y el Pavico. Los hay magníficos, como Gurripato, el marido de Luisa, la hija mayor de Paco, el Gordo, de los Caspicias. ¿Qué me diréis del guarda, Chiripa, que gastaba carabina y no escopeta? Otros tan exclusivos que se comen el nombre, como Malacena y Escalera.

Y recordar los Cuchibiches, que significa cerdo gordo, de los que uno murió abrazado a su pareja de baile, mientras ejecutaban un pasodoble en una nave a tejavana, habilitada al efecto.

Encontraréis un registro de calles y familias: la calle de la Cruz Roja, con la casa de Talancón y Eras de los Mora y de los Alamillos. La casa de Paco del horno, hijo de María Luisa. Él se llamaba, en broma, Lagarto Majanero, casado con la forastera María Rodríguez, creo que de Chilluévar. En aquellas traseras de casas pobres de alquiler, vivieron en principio las Ortegas, que, cual si fueran aves, volaron y desaparecieron. La Bola, casada con Guillermo Pocopán, vendedor de baratijas. Petronila, casada con uno de los Mellizos. La familia de las Ortegas eran gentes bastante pobres, y hacían vida casi a la intemperie, en las Eras. En ellas solían celebrar sus fiestas los cómicos ambulantes y saltimbanquis.

El autor de estos relatos recuerda, muy en su niñez, la única plaga de langosta que todo lo devoraba. Avanzaba sobre el terreno, y se la escuchaba el comer los granos. Fue como una pesadilla. Nunca más presencié una verdadera plaga.

Así era nuestro pueblo en el primer tercio del siglo XX.

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