El don de la pasma

María Eudoxia, la Pasma, era una de la personas poseedoras del don de la adivinación y la anulación de la voluntad de su interlocutor, hasta hipnotizarlo o encortarlo. Todos los niños del pueblo estábamos advertidos. Había que huir de ella antes de caer bajo su influencia. Bastante habría heredado de su madre, Tía Pasmica, bien conocida por mi abuela Josefa.

Aquel día no fui precavido y no tuve escapatoria. Ocurrió en la esquina de Carmen Laínez, enfrente del cuartel de la Guardia Civil, desde donde me vio subir y me esperó. No pude huir, estaba bajo su poder. Se fue derecha al bulto y me advirtió: “Andrés, no intentes escapar”.

Estaba frente a mí, sus manos a la altura de mi cara, escritas de venas azuladas, la ropa percutía, hasta el suelo, y como todas las viejas, con mandil y debajo la faltriquera. Más arriba una chambra, y coronando toda su horrible traza, la cabeza sobre un gaznate con su nuez más propia de hombre que de mujer. En su boca sumida quedaba alguna raíz de huidos dientes y, con frecuencia, sacaba la punta de su lengua afilada, roja y sebosa. Aunque tenía pañuelo del tipo totovía a la cabeza, le asomaban algunas greñas pelicanas.

Sonreía la muy ladina, al saberme dominado. Estaba totalmente sometido o encortado, al igual que les ocurría a las culebras con Lucas, el hijo de Antonio Talancón.

El hecho de llamarme Andrés me puso sobre aviso. Otra persona, durante mi enfermedad del sarampión, me había llamado con ese nombre, distinto al mío, Ignacio, igual al de mi padre, al de mi tío abuelo y el del Tío Jaro, los tres únicos con ese nombre en el pueblo. Estas fueron sus palabras:

-Eres el quinto hijo de familia, lo que te otorga un don, un tanto disminuido por existir hembras en tus precedentes. Entre tus facultades estará la memoria; llegarás a muy anciano, y cuando vengas a tu pueblo, te tacharán de forastero. Eres un niño curioso.

Había leído mi vida, y ese fue su resumen.

A aquella altura de su hipnotismo, me pareció que su fuerza cedía e intente escapar.

-Aguarda -dijo la Pasma-, te falta una cancioncilla, que fijarás en tu memoria: Don Andrés, en cama blanda, la noche que se casó, toda la noche apuntando y el tiro no se lo dio.

Y añadió:

-De todo cuanto te he dicho…-, y concluyó levantando la mano, llevándose el dedo índice de su mano izquierda a la boca sumida. Zurdeaba y reparé que en la comisura de sus labios sobrevolaba un bigote cano y chamuscado. Sin duda fumaba. Toda ella y su ámbito, una atmósfera pestilente.

Ahora sí supe que su influencia había cesado, escapé calle abajo y me escondí en mi casa. A nadie, ni aún a mi madre, dije del encuentro con la bruja.

Pasado el tiempo, comenté en la escuela, con mi amigo Alfonso Castellano, lo que me dijo la Pasma. Se me habría pasado el miedo.

A él también lo hipnotizó un día y, entre otras adivinaciones, le cantó la cancioncilla de la noche de bodas. Sería la misma y nos la endilgaría a todos.

Nosotros, Alfonso Castellano, Felipe Mendieta, el Pajarito, Rafael…, todos los que llegamos a mayores, conocimos la desaparición de la Pasma, que nos anticipó nuestra vida. Y también alcanzamos a conocer a la sucesora, a Tía Salvadorica, que al menos era más beneficiosa de nombre; pero que no influyó en nuestras vidas.

¿Llevamos desde niños, en nuestra cara, nuestra historia y hay personas capaces, no de adivinarla, de leerla? ¿Sería el caso de Eudoxia, la Pasma?

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