El zahorí

Era el segundo, e iba para tercer año, de una gran sequía continuada en la región de Extremadura.

Venía siendo bastante habitual comprar camiones de pienso para toda clase de ganadería, pero en estas circunstancias la disponibilidad de agua se había convertido en el principal problema de los ganaderos.

Por ser andaluz sabía la leyenda de los zahoríes del levante español, de Granada y Almería. Aconsejé a un familiar que buscase uno de aquellos adivinadores de agua.

Se encontraba presente en la reunión un tratante de pieles llamado Mariano Martín Rentero, el cual, en un momento de interrupción de la charla, toma la palabra y dice:

-Parece mentira que usted, un hombre estudiado, crea en esas historias.

Vino el zahorí y recorrió la finca en distintas direcciones ayudado por el pastor, sujetando firmemente con las dos manos su instrumental, una horquilla de avellano formando ángulo agudo.

Terminadas las búsquedas de las corrientes y señalados los lugares de prospección, el pastor Benigno Palacios, curioso, hizo la prueba, y resultó que de entre todos los presentes era el único que también tenía el don del zahorí.

Como acertase a pasar el pielero Mariano Rentero, y hasta su llegada sólo se había reconocido la gracia al pastor; le invitaron a que probase a encontrar agua para gastarle una broma.

Muy ufano, dijo: “A mí no se me caerá la vara”. La toma, la sujeta con fuerza y pasa sobre la línea trazada por el adivino. Se quedó sorprendido. No era capaz de detener la caída de aquel instrumento en ángulo.

Es uno de los pocos dones comunicables, el único caso de poder transmitir un don.

En otra ocasión tuve que hacer una perforación, en la que profundizamos hasta los cincuenta metros sin rastro de agua y desistí. Busqué al pastor Benigno Palacios, que descubrimos que tenía la facultad de encontrarla. Nos trasladamos al lugar que me interesaba y fuimos trazando una senda de dos metros de ancho con piedras a uno y otro lado de la trayectoria donde se le iba cayendo la vara, a lo largo de unos doscientos metros.

Vino la máquina perforadora. Miraron las pizarras afloradas y dijeron: “Este será el mejor punto”, en el que creyeron que el agua estaría cerca, ya que suelen tener cierta práctica.

Contrariamente a su opinión, les indiqué que perforaran en el punto señalado por Benigno con mi ayuda.

A los cuarenta y un metros de profundidad, el taladro atravesó el centro de una gran corriente. La aforaron y calcularon en medio millón de litros al día. Como cosa extraña, entre la tierra y pizarra extraída existían cantos rodados de pizarra, circunstancia muy rara, indicadora de que podía tratarse de una corriente subterránea en vez de una balsa, la cual se agota fácilmente. Una vez hecha la perforación, el nivel del agua se mantenía a solo once metros de profundidad.

Hice con Benigno la prueba de la comunicabilidad del don, caminando yo solo con la vara, que nunca se me llegaba a inclinar. Después sujetamos simultáneamente Benigno y yo cada uno de los extremos de la horquilla de avellano, y de esta manera sí se me comunicaba la gracia o don, descendiendo imparable el instrumento hasta señalar el suelo. Por tanto, es uno de los pocos dones comunicables.

Lucas, el hipnotizador de culebras, afirmaba también ser su don comunicable. Nadie aceptó recoger su don.

El miedo guarda la viña, que no el viñatero.

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