Los niños nacidos en quinto lugar en las familias

Recuerdo al final de mi vida las premoniciones de la hechicera o veedora Eudoxia el día que me alcanzó y no tuve escapatoria. Tenía un poder extraño y curioso. Me anticipó: “Tendrás un don”, pero sin concretar nada más. Además, me llamó Andrés, como la vecina Reme y la curandera Juana, cuando el resto de personas me conocían por Ignacio.

También delante de mí la tía Carmen, la hermana de mi abuela materna, le advirtió, a mi madre: “Con este niño tened cuidado, puede tener un don”.

En su pronóstico había cosas explicables y hasta lógicas, y en Andalucía se creía que eran aplicables a todos los niños nacidos en el quinto lugar de los hijos de un matrimonio, más aún si todos ellos eran varones, los que poseerían ciertas habilidades.

Fernando, el hijo del Moreno la Lupe, era el quinto hijo, con todos los anteriores hermanos varones, por lo que reunía los requisitos. De él conocíamos sus facultades, curando males de jóvenes en mujeres, con solo la imposición de las manos en cruz sobre el vientre. En cambio, mi poder o habilidad por ser el quinto de los hijos, no se desarrollaría tan notablemente como si todos los hermanos anteriores hubieran sido varones. Así era la creencia.

Lo de anticipar Eudoxia mi buena memoria no aportaría nada novedoso, pues parece que era circunstancia común en la familia Plaza. Respecto al augurio de llegar a muy viejo y no ser reconocido por nadie en mi pueblo, si no se llegaba a cumplir, nadie lo podría testificar. Era poco arriesgado aquel vaticinio.

Otra de las propiedades que me atribuía era la curiosidad, que pensé no fuese acertada pues no me distinguía por ser excesivamente limpio. Era lo que yo conocía de la palabra: las mozas solían ser curiosas por aseadas y limpias. La acepción de observador no la conocía entonces.

El hecho de tener una verruga en un dedo considero que propició del descubrimiento de mi sabiduría. En una ocasión, mi madre me dijo, aconsejada por mi tía Carmen:

-Ve a casa de la señora Juana, y dile que te quite esa verruga.

Juana era la sabia de la calle Santísimo. Aquella mujer me mandó que me levantase varios días antes de pintar el sol, y que orinase sobre una planta verde que había en el cantón de la era de José Pelijas, hasta que la dichosa mata se secase. La planta me dijo ser un manrubio, que con el tiempo supe que era una labiada y su nombre correcto marrubio, con ciertas propiedades medicinales benéficas.

En efecto, después de unos madrugones, luego de despertarme mis padres y mearme en el dichoso marrubio, se secó la verde planta. Para mi asombro, tanto la planta como mi verruga fueron secándose a la vez.

-Ve ahora -dijo mi madre- a darle las gracias a la señora Juana.

La señora Juana se sonrió, me llamó Andrés, lo que me parecía una confabulación, y me dijo:

-Tú, Andrés, tienes un gran poder. Si quieres, solo con tu voluntad, harás que a las personas les salgan verrugas o se les quiten.

Era una afirmación por la que me reconocía un don. Quise probarlo con uno de los amiguillos.

-¿Quieres -dije al Lolillo, el vecino- que te salga una verruga en la palma de la mano?

El niño me miró sorprendido.
-Bueno -dijo moviendo la cabeza, con duda.

Yo solo le apunté con la uña del dedo señalero, y mas que decir pensé: “Que le salga una verruga”.

Aquello se convirtió en un juego muy entretenido, ya que se corrió la voz y venían niños hasta de más allá de los Portalillos, incluso de la calle del Santísimo. Para mí no pasaba de ser un juego distraído.

En una ocasión, uno de los hijos de Marta, la de los Julicos, la vecina de la esquina, que quiero recordar que fue Julio, tuvo la infeliz ocurrencia. Se me pone enfrente, se abre la braguetilla y me dice:

-Quiero que me salga aquí -y señaló la punta de su bolillo. -¡La tendrás, Julio!
Para mí, una continuación del juego de muchachos.

A los pocos días vi entrar en nuestra casa a Marta, a rastra con su Julillo, en busca de mi madre.

-Mariquita -dijo la personificación de la furia-, su hijo Ignacio le ha nacido a mi Julillo una verruguita en su parte más íntima -al tiempo que despelotaba al niño y enseñaba la parte dolida.

Se imponía mi disculpa, tal vez mi castigo. Era lo que esperaba Marta.

-¡Fuiste tú el que me lo pediste! -le decía-. ¿Verdad, Julillo?

Era mi disculpa.

El vecino, con el pantalón bajado, no me disculpaba. Mi madre, la pobre, ajena.

-Si quieres, te la quito -se me ocurrió. Mi madre, ahora sorprendida: no conocía mi don.

-Bueno -dije en mi defensa-. Que se te quite –dije, quizá señalándole con el dedo.

-¡Ignacio, nunca más! -sentenció mi madre María, ¡y aquella sí que era una autoridad!

En esto consistía el escaso conocimiento de mi don anunciado, de mi ciencia infusa. Mi madre me mató el revesino, secó de raíz mi sabiduría. ¡Había que conocer el mandato materno!

Habían pasado más de cincuenta años, llegada la Segunda Republica, la enésima Guerra civil, la paz, que parece que no llega nunca. Yo ya era un padre de familia asentado, ganadero por ayuntamiento; tenía que vender unas marranas de desecho en pleno verano, unas hermosas cerdas de unas veinte arrobas cada una.

Mandé llamar a Mateo Barrado Rentero, un matanchín de Garciaz, localidad de la provincia de Cáceres.

Mateo las mira y examina, y me dice tajante, secamente:

-Don Inacio. No se las puedo mercar.

Se me había cerrado en banda el comprador, y no había chalán para mediar.

Expone su argumento:

-No tengo cámara frigorífica y se me estropearían las piezas.

El trato hay que conocerlo, te tienen que haber engañado otros más duchos. Los tratantes serranos de Ávila, León y Salamanca son de mucho cuidado.

Mateo, negativo, mueve las manos como todos los tratantes durante el negocio.

Observo que las tiene negras, no siendo carbonero. Conozco el tratamiento: se está curando las verrugas de sus manos frotándolas con una barrita de nitrato de plata. Era la curación médica.

He olvidado mi niñez, a mi madre. El ¡nunca más! Pero tengo una tentación, y le propongo sin titubeos: “Si me compra usted las cochinas, le curaré las verrugas”.

Mateo se sorprende. Lo examino, he olvidado mi promesa, y quizá está un poco boquicaído por la sorpresa. Sabe que está ante un ganadero considerado, una persona seria y formal.

-No puedo, don Inacio -siempre me dice de esa forma, luego de recapacitar el trato.

Yo estoy cogido en una trampa, le he hecho una promesa.

-Bien, señor Rentero; de todas formas, le curaré las verrugas, bajo la promesa de que no le dirá nada a nadie de la sanación, y no se dará mas toques con nitrato de plata.

Se marcha, y me quedo confuso.

Me lo encuentro, pasados más de seis meses; me saluda muy agradecido. No guardo el menor recuerdo de su figura.

-Soy -me dice-, el de las verrugas… -y me enseña sus manos limpias.

Hay personas presentes delante que sin duda se extrañan de la conversación. Me ha hecho polvo, ha descubierto algo que no quería que se supiese.

En el fondo me alegro: aquel don lo tengo, lo conservo, no lo he perdido. Puedo asegurar que con posterioridad he tenido que, por verdadero compromiso, nuevamente ejercer la gracia infusa.

Alguna de mis últimas curaciones, de hace semanas, ha sido de película.

Tengo una vecina ya mayor, podría decir vieja, que luce en el caballete de la nariz una verruga rebelde y sangrante. Reparo en ella. Me dice que se está dando unos potingues que le proporciona su hermano boticario. Le señalo con la punta del dedo, sin llegar a tocarla.

-Déjese de dar nada -le aconsejo. Pero no le adelanto nada más.

La veo con frecuencia; ha pasado una semana aproximadamente y se la observo mejorada, pero no le digo nada. Al cabo de algo más un mes me la encuentro. Está totalmente curada. Afirma exultante que la he curado, pero le pido que no lo propague.

Existe un caso que no quiero aclarar. Un amigo de mi hijo Manolo, de un pueblo de la provincia de Badajoz, me llama por teléfono. Tiene un hijo con alguna verruga y me propone que se las quite.

-En verdad fue un poder que tuve de niño; pero lo olvidé. Me porfía por teléfono, y le respondo:
-Si pudiera venir por Talavera, lo intentaría.

El señor es insistente; además escribe y es cronista de un pueblo. No tengo escapatoria.

-¿Está por ahí su niño? Que haga el favor de ponerse (me recuerdo yo mismo al humorista Gila con sus diálogos telefónicos).

Hablo con el muchacho. Es un caso nuevo. Le explico mi antiguo poder, pero no creo que sea posible sin presencia de uno y otro. No obstante, le voy a intentar.

No sé su teléfono ni me atrevo a preguntar. He tenido casos de transmisión de ideas y pensamientos notables. Creo que la mente tiene un poder extraordinario. Tal vez si lo hubiese cultivado hubiera sido un caso raro.

Nada me extraña a mis noventa y seis años. Tengo la doble personalidad de Ignacio y de Andrés. Y tengo que creer en la Reliquia.

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