El afilador

Tenía algo que nos llamaba la atención a los niños; se anunciaban por medio del sonido de la chifla, de la que conseguían obtener bellas melodías que nos mantenían con el oído atento. Además de su música, su habla de gallego, como recién nacida y dulce, propia de las Cantiga del rey Alfonso.

Las madres, nuestras madres, sacaban el cuchillo que no cortaba bien, y sobre todo las tijeras. Aquellas mujeres eran muy costureras.

¡Cuánto habrá coseteado mi madre, con cinco hijos criados y alguno más llevado por el sarampión! No digamos mi abuela Josefa, que tenía nueve hijos y a los que conocí todos casados.

Era una delicia ver aquel chorro de chispas saliendo de la rueda de esmeril. Los afiladores eran todos gallegos, de un melosos hablar, y recorrían los caminos de España tras su rueda, soliendo cobrar poco por amolar las herramientas.

Ya no existen afiladores gallegos. Se habrá olvidado hasta el toque de su chifla. ¡Pobriños ellos! ¡Pobriños nos!

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