El aladrero

Le llamaban Nicolás, Calancha, y vivía cerca de mi casa, dando a la puerta de la calle de arriba, la calle Corredera. Su oficio, el de carpintero, y su especialidad, las ruedas de carros de mulas o bueyes, de ahí su nombre, aladrero. El yugo de los unos y los otros era distinto.

Hacer el cubo del carro, donde iban embutidos los radios, era un trabajo de mucha precisión, interesante y difícil. Los senos para los radios hechos con escoplo, en un tronco de álamo negro o de fresno, bien curado y cortado en su tiempo preciso, siempre en luna menguante. ¡Qué tíos! Es que sabían de todo.

Lo interesante, lo difícil, el unir las pinas de la rueda dentro de los cinchos de hierro al rojo vivo. Aquello, el espectáculo. Era necesario regar la mayor parte del cerco de hierro con agua fría en el menor tiempo posible, para que al enfriarse las pinas quedasen firmemente sujetas.

El presenciar el calentamiento de los cinchos o llantas y su ajuste era una diversión para nosotros, los muchachos. Ahora las ruedas de carro adornan hoteles para el turismo.

En la casa del aladrero Calancha vivió después de la muerte de don Blas García, el medico local, uno venido de la parte de Almería, don Jesús, de apodo el Gato Rubio. Su cuñado vivía con él y tenía el botiquín. Mi padre me enviaba a veces a comprar piedra lipe, que servía para engalichar las semillas de trigo y de cebada la noche antes de la siembra. A mi madre le traía pastillas Valdas, que aún se venden en las farmacias.

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