Los cagarraches

Existían en los pueblos los molinos de aceituna, muy numerosos en la provincia de Jaén por su gran extensión de olivar. Eran las almazaras, y sus obreros, los cagarraches.

En Santo Tomé existieron tres almazaras, y en el término, que recuerde, una, La Riojana, de la que el dueño era de Villanueva del Arzobispo.
De las nuestras, las del pueblo, era la más conocida la de Pepica Torres, que estaba muy próxima a la escuela, y a la que los niños, durante el recreo, íbamos a jugar ayudando a los obreros en la palanca o barra de la prensa, movida a mano, a sangre.

El jefe de los cagarraches era Rodrigo Morote, y los muchachos los veíamos como a verdaderos héroes, con sus manchones de aceite, poniendo la masa en las capachetas, y el mulo dando vueltas en el malacate, con los ojos tapados para evitarle el mareo, a la distancia exacta de la almijarra.Eran grandes hombres, que asaban sus rebanadas de pan y las mojaban en aceite virgen, el que quedaba en las piedras del molino, formando pequeños charcos alrededor.

Otra almazara era la de Toribio Alcalá, que pasaría a ser posteriormente la fábrica de aceite de Ramona Alvarado y estaba en la Cañada, y la de Paquito Jiménez, al inicio de la calle Úbeda.

Actualmente solo existe una Cooperativa, que recoge y moltura toda la aceituna del término con procedimiento moderno. Extraen unos aceites que en nada parecen a los antiguos, de aceituna atrojada durante meses que resultaba de gran acidez, ¡pero de nuestra aceituna! Era nuestro aceite.

Recuerdo que en la almazara de Pepica Torres, en los atrojes figuraban los nombres correspondientes de los dueños de aquellas cosechas. Existía uno de Ignacio Plaza; yo pensaba que su contenido, nuestro aceite, por ser nuestro, tenía que ser superior. Y ya las aceitunas, como pasas.

A Rodrigo Morote lo encontraríamos después en la rifa del antonino, casi como un sacerdote.

Eran grandes hombres, que asaban sus rebanadas de pan y las mojaban en aceite virgen, el que quedaba en las piedras del molino, formando pequeños charcos alrededor.

Otra almazara era la de Toribio Alcalá, que pasaría a ser posteriormente la fábrica de aceite de Ramona Alvarado y estaba en la Cañada, y la de Paquito Jiménez, al inicio de la calle Úbeda.

Actualmente solo existe una Cooperativa, que recoge y moltura toda la aceituna del término con procedimiento moderno. Extraen unos aceites que en nada parecen a los antiguos, de aceituna atrojada durante meses que resultaba de gran acidez, ¡pero de nuestra aceituna! Era nuestro aceite.

Recuerdo que en la almazara de Pepica Torres, en los atrojes figuraban los nombres correspondientes de los dueños de aquellas cosechas. Existía uno de Ignacio Plaza; yo pensaba que su contenido, nuestro aceite, por ser nuestro, tenía que ser superior. Y ya las aceitunas, como pasas.
A Rodrigo Morote lo encontraríamos después en la rifa del antonino, casi como un sacerdote.

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