Los castradores

Un oficio escasamente conocido en nuestro pueblo, por ser en realidad poco ganadero, fue el de castrador de cochinas. Este artesano estaba muy cotizado por su alta especialización. A los cochinos los podía capar cualquiera. En cambio, sí existían frecuentemente en los municipios de Extremadura, como los sogueros.

Cuando llegaba a los pueblos, o bien el día previo, el alguacil lo pregonaba por las plazas y calles para que los propietarios tuvieran el ganado preparado.

Era tan poco ganadero Santo Tomé, que en una ocasión vino un criador de Granada que tenía una gran piara de cerdos y arrendó el cortijo de Las Irijuelas. Un día, en la casineta del Capitán, su mujer, Rosario, de los Calanchas, comentó al granadino algo relacionado con el mal rojo y la muerte de los cochinos.

Uno de los presentes en la reunión, ocurrente él, muy serio, le dijo: “Aquí no suele haber morriñas, todo lo más, se le suele morir a alguien un cerdo, y a veces hasta, dos”.

“¡Hombre!, es que al que se le muere uno, se ha quedado sin toda su ganadería”, le dijo el de Graná. Pues bien, existió una excepción, la del fabricante de harinas, al que se le murió casi la piara cuando los vacunó don Manuel Caballero, el albéitar de Villacarrillo, que bajó en su vehículo modelo Ford T.

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