El lañador

¡Cuánto daría yo por poseer una porra de lañador! No existen ni en internet, donde también la he buscado, hasta tendría su nombre particular

¿Por qué existía el oficio de lañador? Por economía, por pobreza.

¿Que se había roto un plato, un lebrillo o una fuente? Pues nada, se guardaban los trozos en un papel de estraza o una bolsa, y cuando venía el lañador, el ama de casa, la madre, ajustaba el importe y le ponían una, dos o cinco lañas, las que fueran precisas.

El artista correcaminos confronta los bordes, los empareja, los sujeta, y ahora llega lo bueno, el prodigio. Saca la herramienta, la porra del lañaor. Hace girar aquella bola y sale un polvillo, casi humo, de los agujeros. Después fabrica las lañas, con alicates, a medida del grosor del plato o del lebrillo de Bailén. Las coloca con cuidado y les da con una pasta de clara de huevo. Se acabó. Ya está el tío listo, y la vecina hacia casa, con su roto cacharro como nuevo.

La porra del lañador era un misterio, y lo continuaría siendo aún si perdurasen los de aquel oficio.

Tengo en mi casa una fuente de Fajalauza, que heredó mi madre de su agüela y ya suena como cascada. Pero, ¿dónde estará el lañador? ¿Dónde la porra y la sabiduría de hacer girar aquel trebejo, del manejo de aquellos apechusques?

En el doblado de la casa de Gloria, mi esposa, hay un gran lebrillo que compramos en Bailén, una obra de arte. Se ha escarchado un trozo. Como no hay lañaor, lo he unido con pegamento y casi no se nota. Pero donde se hubieran colocado seis o siete lañas, que se quiten todos los pegamentos.

Me recordaría mi niñez.

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