El oculista

Era lo que podríamos decir un especialista sanitario. Montaba su consulta en los Portalillos y no asomaba nada más que durante las ferias de septiembre.

Tenía en aquella cesta, más hermosa que la de Godino, sus numerosas gafas, todas con los cristales redondos. Solo estos eran recambiables.

El señor, con una especie de capiblusa, se distinguía de los simples tenderos de poco más o menos. Era, como queda dicho, un especialista.

Llegaba el cliente, con respeto, con amabilidad:

-Señor, querría -él decía quedría– un par de anteojos, debo tener la vista cansada.

El especialista le observa, le examina, se atreve a preguntarle la edad.

-Tengo cuatro docenas, y se me juntan las hojas.

El técnico le coloca unas gafas de vista cansada, y le pone para su lectura un pasaje de Rinconete y Cortadillo. Para todos el mismo fragmento.

El cortijero pone la plana, ahora más cerca, ahora más lejos.

-No lo entiendo -dice.

El oculista le da otra planilla con letras mucho más grandes.

-Veamos ahora.

-¡Nada!, tampoco, ¡nada!

-A mí, ¿cómo me ve?

-Mucho mejor, y hasta distingo las bocatejas.

-¿Sabe usted leer? -le pregunta el señor oculista, de Úbeda.

-No, señor, soy del Teatino, y allí no hubo maestro.

Al final, le coloca en el ojo izquierdo un cristal cogido como en un soporte que recuerda al mango de una lupa, y le pregunta.

-Ahora, sí -le dice el cortijero.

Mientras, los clientes hacen cola detrás del primero.

-Son dos pesetas; tengo que cambiarle el cristal izquierdo.

Era como un arte ciencia. Y el especialista solo venía por las fiestas de septiembre. En Úbeda tenía abierto el taller todo el año.

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