Los molineros

En Santo Tomé, en mi niñez, no existía más molino que el de Carmen Laínez y Tío Santos, en el Llano de los Pellones; lo tenían arrendado, además de la huerta colindante.

Los había en el río Guadalquivir, cerca de su nacimiento, muy lejanos; unos eran aceñas y otros de rodezno, como el de Tío Santos, todos con su citola.

Recuerdo haber bajado con mi padre para que le moliesen un par de costales de trigo al de Tía Carmen. Podía pagarse a maquila o con moneda.

Causaba impresión presenciar la rueda dando vueltas, el molinero todo blanco y sin fumar. Era frecuente en los del oficio no ser fumadores.

Te daban la harina y el salvado todo junto, y luego se separaban en casa con cedazos muy tupidos. Saber cerner no era fácil. Yo lo aprendí de niño, en una pareja de cedazos unidos sobre unas cernederas de madera dispuestas a lo largo de la artesa que aún conservo.

Daban al panadero una fanega de trigo, de cuarenta y seis kilos, y el panadero te daba cuarenta y seis vales de un pan, o el doble si eran de medio kilo. En nuestra casa se cernía la harina y quedaba el salvado para las caballerías. Se miraba todo, se escatimaba en todo.

El molinero tenía que estar atento. Si cantaba la tarabilla es que faltaba el trigo en la tolva.

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