Los recoveros

En Santo Tomé, en mis tiempos, había tres recoveros. Uno de asiento, y dos que venían de Begíjar, cerca de Baeza: Godino, y el Tío Roque. Después hubo otro que se casó con la viuda de Tocino, el que murió de peritonitis.

Paseaban las calles, y las mujeres les vendían los huevos de sus gallinas y los niños algunas suelas viejas, de yute, a cambio de algarrobas o de paloduz.

Venían con los corvos a lomos de sus borricos, estaban dos o tres días y se marchaban con el negocio hecho. Paraban en la posada de Polvorillas, más abajo de mi casa.

Godino (dudabas si sería nombre o apodo) tenía fama de buen bebedor y se amoscaba un poco. Algunos le decían el Mosquito, supongo que por las moscas del vino agriado. Tío Roque era como más hombre, más gordo y más alto. Sin embargo, el borrico de Godino era más alto que el del Tío Roque, tenía las dos orejas más largas y era un poco cuartillón y de pelo fofo. Al final, para nosotros como vecinos, de tanto venir.

Las madres les tenían cierto enojo y prevención, culpándoles de traer el sarampión a su paso por Úbeda, y sobre todo por la Torre. Otra persona a la que se culpaba de traer el sarampión era Miguelete, el valijero, pero este desde Villacarrillo. En el fondo, posiblemente tendrían algo que ver con la enfermedad. Durante la epidemia, ni se recogía el correo. ¿Cuántas cartas podrían recibirse en el pueblo?

Existía uno que ejercía el recoveo en el pueblo. A este le llevaban los huevos a su casa, y además solía vender otros géneros como sardinas, castañas y naranjas. Era Francisco Izquierdo, y la gente le llamaba Tío Paco, el Recovero. Su único nieto llegó a ser médico, y vive jubilado en Granada; es amigo del autor de todos estos recuerdos.

En el barrio de arriba, por donde Tío Melgar, había otro al que llamaban Cojo, el Recovero, casado con la viuda de Tocino, el muerto con el vaso de agua de Carabaña.

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