Angor, el gato rabote de mi tía abuela Pepa

Angor, el gato rabote de mi tía abuela. Pepa

Una mañana, mi tía abuela Josefa, la mujer de tío José Miguel el estanquero, el de los bigotes feroces, que mancilló Manuel Briviesca, tomó una decisión.

Ella, era caprichosa y su mayor deseo, tener en su casa un gato de angora, incluso bajando la mano, un gato romano, hasta una hembra de varios colores.

Se los regalaban, lo marcaba con su mote (El nombre es muy importante), lo criaba y, un buen día, desaparecía, como por arte de encanto. Todo ello, por el minino, lucir su garbo en la puerta o bien asomado al alfeizar de la ventana.

Mi tía abuela, la segunda mujer de mi tío José, el bigotudo, donde se ensañó un día el niño Manuel Mansilla. Ideó, (ella sola), una fórmula eficacísima. Aquel tan lindo, llamado Angor, ya había iniciado su afán exhibitorio, asomado a la puerta del estanco o mucho mas tentador, en el descanso de la ventana, a la altura de las manos de los ladrones de gatos. No, no eran como los chinos; no se los comían.

Había que actuar. Mi tía, tomó con todo su cariño al gatito de angora, lo puso en el tranco de la puerta y, limpiamente, le cortó la mitad del rabo. Mirando hacia dentro de la casa, con un jocino afilado; en un corte limpio y contundente.

El minino salió disparado y se escondió detrás del mostrador. En su recuerdo gatuno, la puerta de la calle, sería como el más negro infierno que tengan los gatos detrás de su muerte y al que ¡nunca!, se deben aproximar.

 Mi tía, sabía que su trabajo estaba a medio hacer. Buscó a su gato, lo encontró, lo mimó, le limpió la herida y hasta lo besuqueó. El gato le agradeció mucho las caricias, runruneando, mientras le ponía una gasa con agua oxigenada, que le cortó la hemorragia. Mi tía Pepa, se mostró hasta cariñosa. ¡Que no era mocho!

Ya, hechos amigos, mi tía, tomó en su cobijo al gatito quejumbroso, salió a la calle y lo puso en el poyete de la ventana, miranda hacia dentro de la habitación. Luego, con prontitud, ahora no con hachuelo; con tijeras de podar las parras, le suprimió el resto del rabo. El gato, hecho un basilisco, se perdió por el fondo de la habitación.

Mano de santo, en adelante, el minino Angorito, no se aproximó, nunca a la puerta ni a la ventana.

Después de la metisaca, de Manolillo Briviesca, en los bigotes de mi tío, nunca se puso en el umbral de la puerta a leer, El Pan de piedra, revolucionario e instructivo.

Es posible que los defensores de los derechos de los animales, no encuentren bueno el método; pero lo que se dice eficaz, no cabe duda. Su gato rabote, de nombre Angor, murió de viejo en casa.

Nota. A mi tía Pepa, se le ocurrió poner por nombre a su gato, Angorito; pero tío José Miguel, que era hombre ponderado y leído y con bigotes, la convenció para que no usase el diminutivo. Solo Angor. Y tenemos que recordar, por eficaces, las rebanadas de la llamada morcilla malagueña, que Morote administraba a los perros descarriados. Eran, no cabe duda, dos protectores de animales

De ser en la actualidad, tanto a Morote, como a mi tía Pepa, no los hubieran nombrado de la Sociedad Protectora de animales. Con toda seguridad.

Angor, el gato rabote de mi tía abuela Pepa
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Un pensamiento sobre “Angor, el gato rabote de mi tía abuela Pepa

  1. Seguro que la tía Pepa, no había estudiado la carrera de Psicología, pero tenía amplios conocimientos sobre la conducta gatuna. Lo que llamamos conocimiento empírico.

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