Don Fidelo, el hombre del Higuí

Don Fidelo, el hombre del Higuí

Cañahigo, así le decíamos en el pueblo; es uno de mis grandes recuerdos infantiles. Unos le llamaban don Fidelo, los más; tan sólo, Cañahigo. Sólo venía por las ferias del pueblo y es que tendría que recorrer todos los de aquella extensa zona: Sabiote, Úbeda, Torreperogil, todos los pueblos de la Loma y del Condado, hasta la Iruela y Borrunchel.

Era una suerte el que habiendo pueblos tan importantes, también viniese al nuestro y siempre por las fiestas. Lo esperábamos emocionados. Entonces no sabía uno lo que era, el agua de mayo; pero se lo escuchábamos a las personas mayores. Sería importante, para las cosechas.

Era don Fidelo, alto, delgado; tan delgado, que los ojos le nacían casi verticales, por no caberles acostados, como todos los ojos de todas las gentes. Hasta la boca la tenía, si te fijabas un poco, torcida, para que le cupiese en la cara; que parecía el trazo del dibujo de un niño en la pizarra.(el 6 y el 4, la cara de tu retrato). La nariz como una raya, larga, larga, terminada en dos bultitos, sobre el codo del extremo de la boca; el otro ángulo de la boca, le caía hacia el mentón, que se le prolongaba con un cono de barba, blanco amarillento, sucia y requemada, de las tagarninas y los tabacos jarochos. (Las gentes eran muy violentas, hasta con el tabaco).

Don Fidelo era un verdadero misterio; cuando más te parabas a mirarlo, más milagroso resultaba. Nadie, nadie, sabía si tenía pelo o era completamente calvo. Si la larga cabellera que le caía, como lluvia pisoteada en las calles, por sus interminables espaldas. ¿Era de su melena o era una cabellera de una joven que hubiera comprado o de un anticuario que hubiese matado en un bosque y la llevara sujeta por el empinado y puntiagudo gorro? Su gorro parecía el capirucho de un helado gigantesco, tan unido a su persona, que hasta era muy posible que formase parte de su ser.

 Los muchachos nos dábamos  unos a otros con los codos, preguntándonos. ¿Cuándo viene el tío del Higuí? Está en la Plaza y, corríamos para no perder ripio.

Lo encontrábamos allí armando su artilugio, Su caña con un bramante y en el extremo un higo, que explicaba, de Almoharín o de Lepe. Serían los importantes.

Su cuello era estrecho y delgado; con una cresta o nuez en su interior, que subía tanto que parecía que la fuéramos ver salir por la boca y de nuevo nacía allá abajo y volvía a subir. La nuez de las personas que se les nota saliente, sube y de nuevo baja. La suya sólo subía. De proceder de algún animal, (dicen que las personas procedemos de otros animales),- por su garguero: sus parientes más próximos, serían las jirafas.

Los hombros parecían un travesaño, como tendedero de ropa y los brazos, tan delgados, tan unidos al cuerpo, que lo menos que podías imaginar era que no tuviese brazos; hasta que los desplegaba; uno sólo y no siempre el mismo, para manejar su caña interminable, con el higo sujeto, como cebo, en la punta del bramante. Los niños de ahora no saben, lo que es una hebra de bramante. (Pero saben   Internet)

Cuando se cansaba su brazo derecho, desplegaba el izquierdo. Y cuando colganderos, las puntas de los dedos más abajo de las choquezuelas. La caña, de cañavera, de algún soto, tan alta, como los tejados y pegada a él, casi los dos, lo mismo de altos.

Las canillas, que los pantalones a veces descubrían; eran delgadas y enjutas, cual hechas de ramas secas de árboles abrasados por la canícula. Para cubrirlas con los zaragüelles, había precisado de varios empalmes. ¡Imposible encontrar pantalones de aquella longitud! Eran delgadas y enjutas; largas y seguidas. Las embutía en unas botas de punta fina y, al ser tan extensas, las tenía abarquilladas y con las terminaciones, disconformes, rebeldes y amenazadoras. Era posible que entre las botas y los calcañales, tuviese unos empalmes invisibles No podía existir un hombre sólo, tan alto, tan interminable.

En realidad era un hombre fuera de lo común, por lo delgado, por lo alto y por lo estrafalario. Tan sólo le salvaba en longitud, su caña, que llevaba adosada a la espalda, como una flecha que quisiera disparar hacia la felicidad, que nos proporcionaba a los niños. Algunos muchachos más enterados, decían que era una caña de bambú; pero nosotros, sólo conocíamos las cañas de los cañaverales de los sotos, de los dos ríos; el Cerezuelo y el Guadalquivir.

No era, el tío del Higuí, la diversión máxima de todos los niños; estaba reservado para los de menor edad e incluso, los de mayor imaginación. Sus facultades, sus potencias, no eran explicables para nuestro caletre; por eso le seguíamos por las empedradas calles del pueblo; parecíamos bandadas de polluelos detrás de la llueca.

Los niños mayores e incluso los niños de otros pueblos, con diversiones más inexplicables, no correrían detrás del hombre de la caña interminable, con el cebo de su sabroso e inalcanzable higo paso, que nosotros perseguíamos con el firme propósito de apresar y con la íntima  de no conseguirlo y, si por fin, caía en nuestras manos, tirarlo como un desperdicio. ¡Quién era el guapo que se comía un higo arrastrado y sucio¡ Con posibles restos de mierda de perro o cagajones de borrico padre.

En otros pueblos serían felices, con los encierros de toros, que revuelcan y contusionan a jóvenes atrevidos. Con los globos que se pierden, y suben y suben, hasta que te quedas tonto, de tanto mirar. Cada vez, más pequeños, hasta que desaparecen para siempre.

Una vez, encontramos un globo medio desinflado en las olivas de la Loma del Peral, a más e un kilómetro y medio del pueblo, hasta allí había ido volando.

Las ilusiones se nos gastan cuando somos mayores, menos a los que llegamos a la vida, con un alma infantil, que ni los muchos años son capaces de curar, de deshacer.

El señor Cañahigo, podía ser que su nombre original fuese, Fidel, se desmandaba y con el extremo interminable del hilo de bramante, a cuyo final anudaba el higo paso, como en una pesca de niños, nos iba atrayendo y llevando, como en rogativa, por las más diversas calles del pueblo. Todos perseguíamos el cebo del higo, como si fuesen de los muy famosos de Almoharín.

Seguido de la gran patulea, poblada de risas infantiles, nos iba engañando al poner la frutecilla, casi a nuestro alcance, para elevarla en el preciso momento que creías tenerla apresada en tu mano ingenua.

Me cupo en rarísima ocasión, el que en un momento de distracción, llegase a aprisionar el fruto entre mis manos. Creía el logro debido a mi habilidad. Hoy comprendo que se dejaba sorprender por los niños más ingenuos, incluso por los niños más torpes.

Recibía el premio que don Fidelo tenía para los más indefensos, para los más bobos y más pequeños. Y el hombre del Higuí, era como un Dios, premiando mi simplicidad.

Pienso en mi vejez, porqué me ha quedado aquel recuerdo de mi niñez y, sí no lo habré reconstruido a mi modo y sea en el fondo un ser imaginario

Don Fidelo, el hombre del Higuí
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