El asesinato de la gitana rumana (extraído del libro El emigrante)

Habría venido en las últimas riadas de inmigrantes, pero ya dominaba
bastante bien el español. Había elegido una de las profesiones
más antiguas de la humanidad. No me refiero a la putería,
su oficio era el pedir. Lo afirma el refrán: “El pedir no da en quiebra”.
Solicitaba limosna con un tono un tanto dulzón, casi acariciante, y no te
rebajaba el tratamiento de señor, el don. Te mostraba a sus churumbeles;
a veces tenía a su vera hasta tres mocosillos. Eran como
los reclamos, para despertar el sentimiento de lástima en las gentes
que venían al supermercado. ¡Cómo sabía elegir los sitios! Se
cerraba un comercio tradicional, amplio y rico debido a la crisis,
venía una familia china y te abría en su lugar una tienda de lo que
fuese. En la puerta, la gitana rumana o búlgara para ocupar la
plaza de pedigüeña. Se complementaban.
Era una de las mujeres más gruesa que había visto en mi
vida, más que aquella conductora del tranvía de San Francisco
en California el día que el calor lo paralizó en la pendiente, en
el año mil novecientos noventa y tres.
Nunca había reparado en su cabeza, en su cara, tapadas en
parte como las talibanes. Procuraba darle su medio euro, a veces
el euro, y alejarme. Era ya como un tributo, una clienta lapa;
pedía más que las portuguesas pobres a la salida de las misas. Si
me detenía al darle la moneda, solicitaba algún trabajo.
Una mañana me rogó una cantidad importante para que la
compañía eléctrica no le cortase la luz. Era una petición exage-
rada que tal vez admitiera participaciones. Fue en la primera
ocasión que reparé en su rostro. La obesidad le llegaba hasta
los potentes y dominantes hombros, continuaba sin ninguna sinuosidad
por sus pechos y su voluminoso vientre; era como
una masa deforme, que cubría con su gran refajo, su olor no
era agradable y la envolvía toda, era su ambiente. Estaba asobinada
sobre un gran cartón doblado varias veces, con la mano
abierta cual una rama de árbol, en espera en su abrigado nido
de la limosna.
Quizá para que no me atosigase con el trabajo de casa, le dije
al examinar su bello rostro descubierto, sus dientes blancos y
perfectos y sus labios bien formados, que no tenía esposa y era
sencillamente, viudo. Hasta entonces nunca había visto su rostro,
ni su mata de pelo-seda, de negrura suprema.
Pareciera que había esperado aquel momento de conocer mi
viudedad para ofrecerse.
–Tú –me dijo, apeando el tratamiento–, ¿querer mujera?
Me alejé del ofrecimiento, mientras me perseguía su pelo rizado,
caído sobre el amplio oleaje de sus hombros interminables.
Su cara descubierta y aseada era como la flor del loto, sobre
las aguas estancadas y corrompidas.
Aquella noche tuve un sueño placentero, más apropiado de
la juventud que de mi edad. Junto a mi cama estaba la bella cabeza
cercenada de la gitana rumana. Alguien la había separado
de toda la enormidad de su gran mondongo.
Mientras me desadormecía, me pareció que su bello rostro
me sonreía y que sus labios me hablaban, pronunciando el ofrecimiento,
mujera.
Desde aquella mañana he procurado mudar de comercio
donde comprar el pan de cada día. La cabeza separada me ha
perseguido en otro sueño. Tiene unos cabellos sedosos y una
boca sonriente. ¡Maldición! ¿Hasta qué edad nos persiguen los sueños lisonjeros y hasta
pecaminosos?
Hoy, pasados más de tres años, me he atrevido a visitar la
puerta del supermercado. La inmensa gitana gorda no está. En
su lugar (es uno de los buenos puestos preferidos para pedir,
los tienen muy controlados, como si fueran predios hereditarios
los emigrantes), hay otra gitana de Rumanía, en el comienzo de
la vejez; también ducha y melosa en demandar.
He realizado indagaciones. Es la madre de la mujer gorda.
Su hija murió degollada coincidiendo con la fecha de mi sueño
lascivo, hace varios años. Prometo no contar a nadie mis averiguaciones,
pudieran hasta perseguirme por cómplice.
Su marido, el celoso rumano, supo por el mayor de los churumbeles
que su mujer había realizado el ofrecimiento de entretenida.
Los gitanos son en extremo celosos. En los putiferios
españoles, ni una gitana, ni una hembra gitana descarriada. No
es que todas ellas fueran decentes, es que las tienen en un puño.
Si se desvían las apercollan. No quiero ni el recuerdo, por ello
compro mi pan en la gasolinera, en dirección contraria.

El asesinato de la gitana rumana (extraído del libro El emigrante)
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Un pensamiento sobre “El asesinato de la gitana rumana (extraído del libro El emigrante)

  1. Tengo interés en comprar dos libros de A. Ignacio Plaza Rodríguez, ( el emigrante y Santo Tomé en el recuerdo)
    Pero no encuentro la forma de hacerlo por internet.
    Alguien me podría explicar los pasos a seguir.
    Aunque lo más fácil podría ser, pasar por una librería.

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