El buen cura don Delfín

El buen cura don Delfín

Era alto, delgado, casi cabruno, apuesto, como un galán de mocedades femeninas; pero tomó el camino del Señor y fue párroco de Berzocana, para terminar de sacerdote importante en don Benito. De cuando en cuando daba una escapada por su antigua parroquia donde conocía a las gentes y auxiliaba a los moribundos, con consejos sobre el mas allá. Fue amigo de Salero, el del casino bar de la Plaza, no lejos del Rollo de la villa, que un alcalde mandó derribar, con mano airada, para colocar una fuentecilla ruin.

El bar, de Eduardo Fernández Salero, tenía una amplia nave, mas bien un salón, donde los vecinos jugaban las interminables partidas de “tute en medio”, en una atmósfera de humo de tabaco jarocho, que se necesitaba mucho empuje para soportarlo, sin morir o al menos acabar como el más esforzado galeote. Si tenías que buscar a un acendrado, tutero, penetrabas en aquellas penumbras, con cuidado, procurando separar en brazadas el ambiente cargado. Cuando al fin descubrías al berzocano, aguardabas tras la silla el descanso y respiro, entre uno y otro juego. Ibas reconociendo a los famosos tuteros; los Calvo, los hijos de tío Francisquino el del comercio, los numerosos Fulgencios, los Portales y hasta los Florentinos y los Diezes,

Entre la humareda, llegaba Salero con la bandeja de los cafés, que en vez de humear, iban absorbiendo el humo del tabaco, conocido como jarocho. En aquella atmósfera es posible que naciese y creciese y hasta anduviese próximo a los que suele decirse la muerte, Eduardo Fernández, mas conocido por Salero, de barba azulada durante la juventud, ahora encanecida y con alguna señal bitiliginosa; ruinas que fue dejando la edad.

Para don Delfín, supuso una mala noticia, saber que Salero o Salado estaba casi en las agonías, aunque conservaba un tanto lúcido el magín. De nada le habían servido los huesos de las canillas de los Patronos, entre las entretelas de la mal oliente cama. Formaba parte de la Cofradía, tenía derecho.

Don Delfín, se había especializado en agonías y era capaz de aconsejar hasta a los descarriados, que en momentos tan inciertos, dejaban la duda y se aferraban a la certidumbre del Señor. El párroco de Berzocana, sucesor del cura don Delfín, ya lo había preparado para el viaje, le había administrado el Santolio.

Salero, estaba mas cerca del más allá, solo de tarde en tarde recuperaba la consciencia, si es que alguna vez la había tenido ¡Vaya usted a saber! Don Delfín arrastró una silla hasta la proximidad del embozo de la cama y se sentó procurando no hacer ruido. Comenzó su tarea con la esperanza de ser escuchado. Podría, incluso, estar perorándole a un cadáver. Casi ni se elevaba de vez en cuando, la sabana sobre el pecho. No se le notaba el aliento.

—Querido Fernando —dijo el cura veterano, venido desde Don Benito con urgencia.

Ninguna señal. Como si se hubiera dirigido a un muerto.

—Salero,—dijo ahora don Delfín en tono sostenido. Le pareció que había sido escuchado, por un movimiento leve de su oreja cimera y un ligero movimiento de su párpado izquierdo, por su posición arriba.

—Soy don Delfín, querido Salero. Estoy aquí, a tu lado, y quiero que me escuches. Sé que me oyes. ¡No pierdas ripio!

—Nada temas, vas a la Casa Grande, a la Casa del Señor, nuestro Dios. Encontrarás a los amigos que te esperan; a Parlapoco, tu vecino, el tratante de corderos, a don Bernardo el veterinario, a tío Pelotas, al sacristán todos tus amigos. A Tío Francisquino, el del comercio, en la calle Balcones, a don Fulgencio Hidalgo, a Portales, a Marcial el de Ramona, la vecina de las Moreno, frente a tu bar, en la Plaza,

—Te esperan, ten confianza, arrepiéntete de algo mal hecho. Yo te absuelvo.

—Te lo pido Salero. Derechito hasta la Casa del Señor. Allí irás.

Fernández, hizo un movimiento, como si hubiese escuchado las razones de su cura y ante el asombro de todos, en el silencio de la cercana muerte, Salero casi se incorpora y con voz un tanto clara y audible.

—Gracias don Delfín, muchas gracias, pero desengáñese usted. ¡Nada como la casa de cada uno!

No dijo nada más. Dejó caer la cabeza. Acababa de doblar la servilleta. Hay unas posiciones inconfundibles. También dicen, gráficamente, estar de oreja.

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2 pensamientos sobre “El buen cura don Delfín

  1. Muy pintoresco el comentario, pero, Don Ignacio ¿Que quiere decir usted al hablar en este pérrafo?: De nada le habían servido “los huesos de las canillas de los Patronos”, entre las entretelas de la mal oliente cama. Formaba parte de la Cofradía, tenía derecho. Creo debe usted darnos una explicación, ¿No le parece?

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