La momia de la boca blindada (extraído del libro El emigrante)

La momia de la boca blindada


En uno de los pueblos importantes de la zona donde ejercía mi
trabajo de jefe de silo del S.E.N.P.A. se contaba una leyenda un
tanto misteriosa, y por otra parte de casi imposible ocurrencia
que a mí me tenía francamente intrigado y de la que nadie osaba
entablar conversación.
Era una de esas historias tradicionales difíciles de admitir,
pero que estaba en el ambiente y la conocían todos, y se lo vendrían
transmitiendo desde generaciones, siempre con gran sigilo.
Y, ¡nada a los forasteros! ¡Prohibido total!
Cuando por fin un anciano del lugar se atrevió a revelármelo,
bajo promesa de no informar a nadie del origen de la noticia,
esta me pareció una tontería por su imposibilidad material. Que
existiese aquella momia, bueno; que se lo tuviesen oculto a los
extraños, bien. Pero tener tan reservado un asunto que, además,
era difícil que pudiese haber sucedido, me parecía absurdo y sin
viable entendimiento.
El origen, un encuentro casual al perforar un pozo medianero
entre vecinos, en el solar de un antiguo palacio abandonado
del que quedaban vestigios impresionantes, de arcos y
dovelas, al lado de paredones de adobes que parecía milagroso
continuasen aún en pie.
Sí, allí estuvo la casa solariega de una familia prócer, cuya
fortuna en la Edad Media fue la ganadería trashumante. Cientos,
quizá miles de ovejas, bajaban desde Torrecilla en Cameros, de
La Rioja, a aquellas grandes dehesas (parecía imposible que un
señor tuviese tantas posesiones, ahora parceladas entre pequeños
propietarios).
Fueron los Myng y Saucedo, familia que se recordaba más
que nada, por la curiosidad de un sacerdote que terminó exclaustrado,
y afirmó haber leído aquellos orígenes, y hasta había
asegurado que la partida de bautismo de la cabeza de la boca
blindada correspondía a una niña, en cuyo bautizo todos los invitados
fueron hijosdalgos y alguno se firmaba como marqués.
A la niña en cuestión la pusieron el nombre de doña Toda
Sofía Dorotea de los Dolores y del Santo Rosario Myng y Saucedo,
con la particularidad de que al margen del pergamino correspondiente
(del libro completo no quedaba rastro, luego de
los grandes incendios de Archivos Parroquiales de la por ahora
última Guerra Civil del año treinta y seis) solo figuraba el escueto
y resumido Tdª, que parecía trazado por algún moro renegado
de los que quedaron después de Fernando III, por ser
servidores leales mozárabes y que se salvaron de la medida del
alejamiento total de los vencidos. Casos muy excepcionales,
todos los de la presente leyenda.
Lo comunicaron a don Pío, el sacerdote del lugar, y fue el
que indicó se enterrase de nuevo y de que nadie mentase la noticia,
que en parte tenía tintes diabólicos. Ya se sabe, los curas
no pasan de ser unos obscurantistas, que en todo veían la mano
del enemigo malo, ¡libéranos Señor!
–Pero bueno, ¿se sabe qué misterio encerraba la cabeza de
la momia? –pregunté al viejo, que como tal andaba dándole
vueltas al asunto, repleto de titubeos.
–La cabeza no; la cabeza era lo de menos. El misterio estaba
en la boca. Era algo más allá de todo lo posible. Por eso don
Pío ordenó que la enterrasen de nuevo, con todo sigilo y sin comentarios.
Podría traer desgracias sobre la población y bastantetenían con la pasada Guerra Civil de la que aún no se había
echado la ruinera afuera.
En verdad la penuria de las guerras, dura que te dura.
–El misterio –continuó el viejo– estaba en la dentadura, toda
de guijas del más duro de los duros pedernales de las segovianas
fábricas de trillos de Cantalejo, blancos y con irisaciones, de
tiempos de nuestro rey Felipe II y aún de su padre, el de Yuste.
Según la tradición, la joven doña Toda con su retahíla de nombres
más los dos apellidos ganaderos, fue una joven hermosa,
pero sin ni un ruin diente ni desdichada muela en toda su boca,
por lo cual era repudiada. En realidad era bella, sonrosada y risueña;
pero al abrir la boca, todo se venía abajo. Más de un
apuesto ganadero huyó espantado hacia sus merinas y sus canes
con carlancas.
Fue su padre el de la idea. Hizo venir desde Segovia al mejor
de todos los briqueros y fue el único que se atrevió con la operación,
quedando como recluido hasta trazar todo una dentadura
exacta a la de una moza de la localidad que sirviera de
modelo.
Fue tallando, una a una, muelas y dientes, de arriba y de
abajo, todo el frente de los caninos de dura piedra. Otro asunto
sería la maestría necesaria para los implantes, que era la gran incógnita.
Solo existía en el imperio de Felipe II un especialista capaz
de efectuar la reparación bucal. Tomadas todas las precauciones,
este anatómico sería capaz de efectuar tan ardua tarea. Ya antes
se había atrevido con la trepanación al infante Carlos.
En efecto, tras minuciosas medidas se fue acoplando aquella
lujosa dentadura a las dos mandíbulas, en una operación casi
imposible y no permitida por la Santa Inquisición, con el resultado
de pena de muerte para el denostado cirujano.
Los más leídos del pueblo decían de un médico del rey Carlos
I, al que su hijo Felipe II le conmutó la pena de muerte por
haber realizado la intervención por una penitencia a los Santos
Lugares. Estaba prohibido totalmente por la Inquisición efectuar
la más mínima alteración de tejidos en personas vivas. Pero
el cirujano se atrevió y fue castigado a la última pena.
La joven se había convertido en la atracción. Además de sus
ganaderías tenía la única dentadura de chirlas, incrustadas arriba
y abajo. Una obra de arte, casi imposible hacia la salida de la
Edad Media. Ya no hubo obstáculo, la joven fue cortejada y
hasta se casó, con la fórmula sagrada de la Santa Madre Iglesia:
“Hasta que la muerte os separe”.
La boda fue fastuosa, los más importantes ganaderos del
reino concurrieron, la fiesta duró hasta altas horas de la madrugada
y los padres y más próximos acompañaron a la joven pareja
hasta la cámara nupcial.
A la mañana siguiente, cerca del medio día, el mayoral de
todas las ganaderías dio tres golpes en la puerta de la habitación
de los desposados, con el martillo en el cual figuraba la señal
ganadera con la que empegaban a las ovejas y marcaban a fuego
el ganado mayor, caballos, mulos, yeguas y vacuno.
La abuela materna de la novia sería la encargada de golpear
después la puerta con una campanita de plata, pasada media
hora, para que el matrimonio se desperezase y sorprendiesen a
todos con la sábana ensangrentada, prueba de la virginidad de
la novia y honra familiar.
La noble abuela franqueó la puerta; enfrente yacía el cadáver
del esposo y la esposa a su lado, toda tranquila y nada llorosa.
Pronto pudieron observar que en el cuello tenía señales ciertas
de haber sido ahogado por la recién desposada.
La joven no dio ninguna explicación, y ante la afrenta que
supuso para la familia del marido, el padre de la novia, con el
total enojo, dispuso el emparedamiento de su hija sin pan ni
agua, y que pasado un año, el cadáver fuese enterrado en un
lugar secreto, justo en las cuadras de los caballos. Fue una terrible
reclusión laica y forzosa.
El comentario peregrino que pudo aproximarse más a la realidad
era que la desposada, por efecto del pedernal se convirtiese
en una fiera, y que la noche de bodas coincidió con su
periodo menstrual. Ella se opondría a la penetración, por considerarlo
un gran pecado, y en un momento de abrazo confiado,
le apretó tanto la garganta y durante tanto tiempo que él quedó
sin conocimiento y murió ahogado. Doña Toda tuvo la regla
menstrual durante la noche de la boda, la que no pudo demorarse
por estar en la villa ya todos los invitados
Viví en aquella población y sus alrededores más de sesenta
años, hasta después de mis bodas de oro; pero me fue imposible
averiguar el lugar exacto en el que fue enterrada de nuevo. Era
aquel un pueblo muy reservado. ¡Si me lo irán a decir a mí, que
vine de lejos a maridar en Extremadura, no lejos de la famosa
villa, de la historia imposible!
Nota. Es posible que el desconocido anatómico fuese Andrea
Vesalio, médico de Carlos I y posteriormente de su hijo
Felipe II, el que realizó la trepanación al príncipe Carlos y puestos
a imaginar, el que por haberse atrevido a efectuar un implante
en persona viva le fuera impuesta su pena de muerte por
la Inquisición, de la que le libró el rey, a cambio de un peregrinaje
a los Santos Lugares. A su regreso murió tras un viaje azaroso
por mar cerca de la isla de Zante. Fue profesor de Falopio,
otro descubridor. Reclamado por la Universidad de Padua, para
recuperar su antigua cátedra, no pudo tomar posesión de la
misma por su inesperado fallecimiento.
La amistad del padre de doña Toda con Carlos I y después
con su hijo Felipe II fue de todos conocida. Eran sus dehesas
linderas con las del Monasterio de Yuste y era conocido que en
los viajes de trashumancia frecuentaba el lugar de retiro del Emperador,
interesándose por su gota y sus sabrosas tencas.

La momia de la boca blindada (extraído del libro El emigrante)
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