La morcilla malagueña

La morcilla malagueña

Precisa es la presentación de Morote el Tuerto, hombre para todo en el pueblo, por ser empleado del Ayuntamiento. Podíamos asegurar que era como un, fas toudo.

Unos días antes de la Feria, por el 23 de septiembre, se presentaba con la papeleta del municipio. A tu casa le había correspondido un músico. Estos bajaban de Villacarrillo y procuraban enviarte, el de otros años. Quedabas enterado; venía a mesa y mantel, con cama independiente. Podías pasarlo a la posada de Pepe o a la de Juan Polvorillas y abonar allí la cuenta.

Otras veces, Morote, anunciaba, desde el balcón corrido del Ayuntamiento, las letras de los soldados, para que supieran los reclutas adonde les tocaba, sobre todo los de África, a partir de tal letra.

Era interesante el arrendamiento de los Arbitrios Municipales. Iba, uno a uno, anunciando las pujas, con nombre de aspirante, antepuesto el don e, incluso, el mote. De niño le escuche, que el rematante era el Moreno Caspicias. Se le había olvidado, el nombre, Antonio y el apellido, González. Tal vez fuera sorna.

Lo suyo, sin duda, además de los pregones, la atención de los perros de los cortijos, que hacían su aparición, descarriados, por las calles del pueblo. Los animales, bien por extravío, ya por amor. Venían tras husmear en el viento, a una perra de Santo Tomé, que estaba; caliente, salida, alta, movida o en celo.

Era la admiración de los muchachos. Morote se le aproximaba, le ponía un nombre que le acomodase al chucho, que con las prisas no se había traído la merienda, ni la cédula personal, que era el DNI, de entonces.

Para eso estaba allí, en su proximidad, el Fas Toudo, del Municipio.

El perro hambriento, luego de la cúpula, precisaba un tentempié. (El misterio de los perros pegados después del acto sexual, tiene explicación bíblica, de guasa).

Ya tenía engolosinado al chucho, que le seguía esperando que sacase la mano del bolsillo de la blusa y que le premiase su obediencia, con un cacho de chorizo, de morcilla de arroz o de cebolla. Rebajando; el famélico can, se conformaría con una patatera o una charanga, hasta de un trozo de los famosos farinatos,

Ya no se hacía esperar, el can con sus orejas tiesas como guindillas picantes, parecía rogarle. ¡Vamos hombre, termina!

Morote, el Tuerto, compasivo, misericordioso, pródigo, tenía en su mano en alto el trozo de embutido ¡Premio! Se trataba de una rebanadica de una morcilla especial.

El perro la devoraba complacido y movía el rabo con reconocimiento. No le había dado tiempo de llegarle, al menos de sentársele en el estómago; cuando al chucho, comenzaban a acometerle los temblores, daba dos o tres pasos sin aplomo y, tras un gañido, quedaba de oreja.

No, en realidad, no se trataba de una protección de animales; era más bien una prevención contra la rabia. No hay que dudar, hemos sido terribles.

(Hoy, año 2012, antes de ir repasando las manzanas de Santo Tomé, he salido a comprar el pan y el periódico. Llovía un poco en esta Semana Santa. Me ha llamado la atención un vecino, que tiene un magnífico perro de raza polar, al que siempre le lleva abrigado con unos jerseys de lana, que, con toda seguridad, realiza a ganchillo, su hábil esposa. Hoy, no lo lleva abrigado, le lleva un vestido de plástico, que le cubre desde la cabeza hasta el rabo. Los hay francamente imbéciles, sueltos. Confunden protección con martirio, presumen de su animal, que carece de voz, para quejarse. (La autoridad debería de intervenir ante estos animales indefensos). 

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