La portañuela (extraído del libro El emigrante)

Don Desiderio lo recordaba muy bien, a pesar de sus noventa
años, pues conservaba toda su memoria. Cuando niño en su
pretina no había el más pequeño obstáculo; quería sacar y sacaba
su minina, y a caño tieso, con puntería, atinaba donde se
lo propusiese.
Cuando fue un zagal, un poco mayor, su instrumento para
solo aquel uso tenía un cierre con broches metálicos, y por
arriba, en la cintura, su brochetón, que casi de forma automática
encajaba en otra pieza ad hoc.
De mozo padeció una enfermedad, y tuvieron que llevarlo a
Madrid a operarlo; por su misma brutedad se fracturó las estructuras
del pene, como el señor Francisquino, el de la tienda de la
calle Balcones de Berzocana.
Se casó Desiderio; pacificó, tuvo familia y llegó el fatídico
tiempo de las nietas, que fueron las de la ocurrencia, las que le
pusieron en la pretina el invento, la cremallera.
Eran tiempos modernos y no le dieron las instrucciones.
Sacó su arrugada cosa y casi la miró con desprecio. En tal estado
había acabado, ya prácticamente insensible y más aún inservible.
¡A lo que llegamos!
Hizo su necesidad, no a campo abierto, como durante toda
su vida; ahora fue en una especie de oficina con todo automático.
Y una vez terminada la faena, tiró con fuerza de la lengüeta
del cierre y notó como un dolor y un desgarro. Pero no podía
presentarse con la cosa fuera (la tenía apresada), y tiró de nuevo
con más fuerza hacia donde el brochetón de su mocedad.
En el suelo brillante del cuarto de baño cayó como un gusano,
no muy grueso, y la bragueta se le tiñó de una sangre que
continuaba fluyendo, casi tibia.
Ahora no tuvo remedio, no pudieron efectuar el empalme.
Ni merecía la pena. Era un pobre viejo que no se adaptó a lo
moderno. Habían pasado tres generaciones.
Lo decidió en el acto; aún le quedaba su casa de campo, y
bien se podía valer por sus propios medios. Fue tajante en la
comunicación a sus nietas. Suponía hasta dos libertades, la suya
y la de sus herederas. Cuando le despedían en el autobús, los
viajeros próximos a aquel viejo un tanto endomingado pudieron
escuchar la musitada frase: “¡Fuera leches!”.

La portañuela (extraído del libro El emigrante)
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